UNA NUEVA UNIVERSIDAD ESTADOUNIDENSE: EL NUEVO MODELO DE ORO Next

POR QUÉ LOS MODELOS EXISTENTES NO SON
APROPIADOS PARA ARIZONA EN EL SIGLO VEINTIUNO

Los modelos existentes: el estándar de oro

El modelo estadounidense distintivo de la universidad orientada a la investigación se generó en el siglo diecinueve cuando el modelo alemán de los institutos científicos elitistas que ofrecían entrenamiento graduado fue “transpuesto” a las universidades de humanidades subgraduadas tradicionales. Siguiendo el ejemplo de Johns Hopkins University en Baltimore, quince instituciones estadounidenses fueron las que definieron el modelo de la universidad estadounidense orientada a la investigación:
Algunas de ellas fueron privadas, como Harvard, Columbia, Cornell, Princeton y Yale, otras universidades estatales y con subsidios regionales como la Universidad de Pennsylvania, la Universidad de Michigan, la Universidad de Wisconsin, y la Universidad de California; algunas otras, nuevas universidades hechas realidad por legados privados, como Stanford, Caltech, MIT, y la Universidad de Chicago. Estas instituciones han producido la gran mayoría de los doctorados de la nación en los últimos cien años. Muchas de las personas que se encuentran aquí hoy día son graduados de estas universidades selectas y casi todos los que han asistido a alguna universidad en este país han sido alumnos de profesores que se graduaron de estas instituciones.

Ha sido tal la influencia de estas quince instituciones hasta este día que cada universidad del país se valora a sí misma de acuerdo a sus estándares. No nos engañemos: estas universidades representan el estándar de oro—pero como espero explicarlo, se trata del estándar de oro del pasado. Estas universidades son consideradas prototipos definitivos, y sus departamentos en distintas disciplinas, son los modelos por los cuales otros son juzgados. Pienso que todos estaríamos de acuerdo que los departamentos académicos tienden a estructurarse para asemejarse a los departamentos categorizados como los mejores en sus disciplinas respectivas.

Como consecuencia, departamentos académicos tienden a parecerse entre sí en todo el país, cada uno un pálido reflejo de algún ideal distante. Aúnque se celebra la innovación, y nuevas colaboraciones interdisciplinarias sugieren que es posible una variación del modelo, la cultura académica en general fomenta que cada departamento de física se asemeje a los departamentos de Caltech o MIT, que cada departamento de economía se compare al de la Universidad de Chicago, y que cada departamento de teatro se compare al de Yale.

Las universidades de investigación de nuestro país también se asemejan entre sí de otras maneras. Están comprometidas en mantener un cierto perfil académico de su estudiantado. Han definido su excelencia académica por las aptitudes académicas de los estudiantes que aceptan en sus programas—un modelo basado en la ingerencia. Por el contrario, ASU se centrará en una excelencia determinada por sus productos, es decir, admitiremos a estudiantes con distintos intereses e indicadores de inteligencia, incluso distintos niveles de preparación escolar. Juzgaremos el éxito de nuestra universidad a través del éxito de cada uno de nuestros estudiantes, caso por caso.
Sin excepción, las universidades de investigación de nuestro país han hecho esfuerzos considerables para fomentar la diversidad y reclutar estudiantes de trasfondos sociales variados. Cada universidad se somete a una constante auto-evaluación para producir perfiles demográficos exhaustivos de cada clase que ingresa a ella para demostrar su éxito, año con año. No cabe duda que estas iniciativas han producido resultados sólidos. Sin embargo, en el fondo, nuestras universidades orientadas a la investigación han continuado siendo instituciones elitistas.

Sin excepción, las universidades de investigación de nuestra nación han hecho esfuerzos para involucrarse con la sociedad—para colaborar con sus comunidades locales. Cada una anuncia ambiciosas iniciativas cuya intención es persuadir a aquellos que tiene desventajas socio-económicas, y que están subrepresentados, que ellos también son parte de los constituyentes universitarios, que también ellos son beneficiarios—que la universidad les pertenece también a ellos. Sin duda alguna, estas iniciativas han tenido un impacto en la percepción pública y en la participación comunitaria. Aún así, nuestras universidades de investigación todavía a veces se asemejan a islas amuralladas con poco influjo directo de la sociedad.

No podemos esperar desarrollar una universidad que esté ubícuitamente presente, pero ciertamente podemos luchar por esta meta, y acercarnos, no tan sólo a nuestros estudiantes, sino a las familias que nos envían a sus hijos, y también a las familias que no nos los envían. La universidad no puede estar al margen de la sociedad, preocupada solamente por la educación de los hijos más inteligentes de sus familias más exitosas. Sin lugar a duda, podemos lograr aquella tarea, pero debemos acercarnos a un espectro más amplio de la sociedad, e intentar impactar la vida cotidiana de la gente de todos los estratos sociales.

Hay otras razones - razones que tienen que ver con la herencia cultural de este estado, su demografía cambiante, y otros factores económicos y ambientales – por las cuales el modelo tradicional universitario no es el adecuado para Arizona State University.

 

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